
Ya no tengo tu cigarro al desayuno,
y aprendí a echarlo de menos, te lo juro, ya no tengo tu
mejilla y su deseo de sentirle a mi nariz su alma de hielo, ya no tengo aquel susurro que avivaba el fueguito de
una voz avergonzada. Si no tengo esos ojitos que ostentaban Cielo eterno para aquella alma menguada, ni
ese beso que, pequeño, me colmaba
¿QUÉ VOY A HACER CON ESA FABULA
ACABADA?
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